Bien es sabido que sólo si tienes una infección (y no un catarro o una gripe) debes tomar antibióticos. Y a nadie en su sano juicio se le ocurriría tomarlos si no le pasa nada. Pues bien, este sentido común (el menos común de los sentidos) no se aplica a las infelices bestias de la ganadería industrial, a las que se atiborra a antibióticos toda la vida. A algún iluminado se le ocurriría calcular las pérdidas de una res por infección y el coste de esas dosis permanentes de antibióticos, y le resultó que salía a cuenta esto último. Por supuesto que es  un problema en la ganadería intensiva, ya que en la extensiva los animales no están tan en contacto y hay menos contagio. También resulta que los antibióticos permiten reducir la cantidad de alimento que se les administra (premio de nuevo al avezado de los números).

Como siempre, el beneficio primando sobre la salud pública, el medio ambiente y la propia razón. Así, como acaban de publicar unos científicos del ICRA (Institut Català de Reserca de l’Aigua) nuestros ríos (como el Ter y el Llobregat) tienen tasas de antibióticos de uso veterinario que no son compatibles con la vida (ver noticia en El Periódico). Además, hay que tener en cuenta que no sólo pueden tener un efecto sobre nuestra salud al ingerir esa carne (los que coman), si no que favorece el desarollo de bacterias resistentes que se pueden transmitir directamente a las personas.

Pues nada, a esperar una Rebelión en la Granja…