No suelo ponerme trascendental en este blog, pero esta lectura de “Memorias de un loco”, de Flaubert, me ha dado un vuelco al corazón y no he podido por menos que transcribírosla. Recordad que está escrita hace casi 2 siglos…

¿Cuándo se acabará esta sociedad envilecida por todas las depravaciones, depravaciones del espíritu, del cuerpo y del alma?

Sin duda habrá alegría sobre la tierra cuando ese vampiro mentiroso e hipócrita que todos llaman civilización termine de morir. Dejaremos el manto real, el cetro, los diamantes, el palacio que se derrumba, la ciudad que cae, para volver a juntarnos con la yegua y la loba. Tras haber pasado su vida en los palacios, gastado sus pies sobre las baldosas de las grandes ciudades, el hombre irá a morir a los bosques.

La tierra se resecará a causa de los incendios que la habrán quemado, y la inundará el polvo de los combates; el soplo de la desolación que pasó sobre los hombres también pesará sobre ella, y ya no dará más que frutos amargos y rosas con espinas, y las razas se extinguirán en la cuna, como las plantas azotadas por los vientos, que mueren antes de haber florecido.

Pues será realmente necesario que en algún momento todo acabe, y que la tierra se deteriore a fuerza de ser pisada. Pues la inmensidad ha de estar cansada de este grano de polvo que hace tanto ruido y perturba la majestad de la nada. El oro terminará por desaparecer de pasar de mano en mano y corromper a quien lo posee. Este efluvio de sangre terminará por apaciguarse; el palacio, por derrumbarse bajo el peso de las riquezas que contiene; la orgía acabará y nosotros despertaremos.

Una enorme risa de desesperación se hará oír cuando los hombres vean ese vacío, cuando debamos dejar la vida para abrazar la muerte -muerte que come, que siempre está hambrienta-. Todo se resquebrajará y se desmontará en la nada -y el hombre virtuoso maldecirá su virtud y el vicio aplaudirá-.

Algunos hombres, todavía errantes en una tierra árida, se llamarán mutuamente; irán unos hacia otros, retrocederán de horror, asustados de sí mismos, y morirán. ¿Qué será entonces el hombre, que de por sí es bastante más feroz que las fieras y más vil que los reptiles? Adiós para siempre, carros deslumbrantes, fanfarrias y renombres, adiós al mundo, a esos palacios, a esos mausoleos, a las voluptuosidades del crimen y las alegrías de la corrupción -¡la piedra caerá de pronto, aplastada por sí misma, y el pasto crecerá encima!-. Y los palacios, los templos, las pirámides, las columnas, mausoleos reales, tumbas de pobres, carroñas de perros, todo estará a la misma altura sobre el pasto de la tierra.

Entonces, el mar sin diques arrasará lentamente las costas y bañará su oleaje la ceniza todavía humeante de las ciudades; los árboles crecerán, reverdecerán, y no habrá manos para romperlos o derribarlos; los ríos correrán por las praderas esmaltadas de flores; la naturaleza será libre y el hombre no estará allí para dominarla; su raza se habrá extinguido, pues estaba maldita desde su infancia.