No vamos a entrar aquí en la polémica sobre la calidad del aire en el área metropolitana de Barcelona, pues no la hay: el aire es un asco y punto.

Tampoco es sorprendente. Cuando se consiguió finalmente sacar a la industria de los núcleos urbanos, y poner filtros a las chimeneas, se nos vino encima el ascenso imparable del transporte rodado. Y con él, la perpetuación de la exposición a los tóxicos y carcinógenos: gases y partículas en suspensión (oxidos de nitrógeno, hidrocarburos y carbonilla o smog; ver resumen de la charla “L’aire que respirem” en la Fàbrica del Sol).

Ni novedad. Uno de nuestros voluntarios lleva años denunciándolo no sólo en las cartas a la prensa (que reproducimos aquí), sino al ajuntament, al síndic de greuges, al defensor del pueblo… Desconocemos si esto ha contribuido a la actual investigación de la fiscalía, en todo caso, gracias, compañero.

No hace falta tampoco ningún dispositivo especial de medida, la polución se huele. Si haces alguna actividad aeróbica lo sabrás bien, sobre todo los insensatos que hacen footing o los sufridos ciclistas (además los carriles bici no están en calles tranquilas si no, hábilmente colocados en las vías más congestionadas).

El alcalde tiene el valor de afirmar a este respecto que el consistorio hace los deberes (Ecodiario), pero si bien recuerdo, cuando iba a la escuela una cosa era que hicieras los deberes y otra…. que los hicieras bien.