Al drama humano inimaginable que está viviendo Japón, hay que sumar una debacle atómica de proporciones difíciles de discernir en estos momentos.

Cuando uno es ecologista se siente muy solo en alertar todo el tiempo de ese tipo de peligros, o del de los residuos que genera la industria nuclear.

Ahora, cuando todo esto sale a la superficie y a los mass media, parece que nadie puede ser capaz de seguir defendiendo esta tecnología.

Sin embargo, en un desfile mediático, los “sabios de turno”, físicos e ingenieros a sueldo del “lobby” nuclear y del Ministerio de Industria y Energía, tratan de tranquilizar a la población y convencernos a todos de la seguridad y fiabilidad de las centrales nucleares, sobre todo de las españolas.

No va a cambiar nada, somos animalitos adictos a nuestros juguetes y artefactos eléctricos que olvidan el daño producido por ciertas fuentes energéticas, salvo que les hagan temer por su propio pellejo. Del mismo modo, nos iremos olvidando de todo el dolor humano del pueblo japonés y de todo el daño al medio ambiente (de esto, de hecho, apenas ni hablan) cuando las aguas vuelvan a su cauce (casi literalmente), y todo seguirá igual.

Ahora, y mientras se trabaja para paliar la crisis más aguda (a expensas de la salud de los pobres trabajadores de las plantas afectadas), los gobiernos de países nucleares como el nuestro corren a tranquilizar a la población y a anunciar nuevas medidas para poner a prueba la seguridad de las centrales, mientras se olvidan de decirnos los miles y miles de toneladas de material radiactivo que yacen ya en fondos marinos o en depósitos terrestres esperando un seísmo o cualquier otro cataclismo para liberar su contenido al medio ambiente, y también se olvidan de comentar las consecuencias para la población japonesa y de los países limítrofes que tendrá esta nube radiactiva (malformaciones fetales, tumores de diversa índole, etc).

Eso lo saben perfectamente, en carne propia, los que vivían cerca de Chernobyl, y muchos de los que vivían a miles de kilómetros también. Como explica el artículo que os recomendamos, la incidencia de cáncer de tiroides se multiplicó por diez en Centroeuropa tras el accidente de Chernobyl. Pero ¿a quién le importa? Nuestros amigos pronucleares están ahora un poco nerviosos, pero su influencia en los gobiernos de los países desarrollados es tan grande, debido a la dependencia energética actual de los ciudadanos en relación a todas las centrales que se han ido construyendo durante décadas, que todo quedará en un “terrible accidente que no ha tenido consecuencias tan catastróficas después de todo, con circunstancias excepcionales como las de un fortísimo terremoto, cosa que en realidad demuestra lo seguras que son las centrales nucleares para que hayan podido resistir algo tan terrible”. Pronto, como digo, todos nosotros nos olvidaremos del asunto si no pasa a mayores. No lo olvidarán tan fácilmente todos aquellos ciudadanos japoneses que desarrollarán cáncer en los próximos años ni todas las futuras madres de bebés con malformaciones.

Por otra parte, ¿a quién le importa, mientras les pase a otros y yo pueda seguir jugando con mi consola? Si alguien piensa que estas circunstancias pueden acelerar el cierre de las centrales nucleares en todo el mundo y estimular decisivamente la inversión en energías limpias y renovables, me alegro por ella o él, pero mi opinión es que el ser humano (o la inmensa mayoria de sus individuos) es tan individualista, egoísta, cómodo y miserable que, todos a una, vamos a seguir creyéndonos que lo que no vemos, no existe, y lo que no nos pasa a nosotros, nuestra familia o nuestro pequeño trozo de mundo con banderita, no importa…

Agustí Cruz

Manifiesto de apoyo a las víctimas de WWF.