Cuatro días en el Refugio de Rapaces de Montejo de la Vega son algo así como volver atrás en el tiempo, unos cincuenta años por lo bajo, para redescubrir un trocito de aquella España ancestral cuyos montes, bosques y ríos rebosaban vida.

El refugio fue creado en 1974 gracias a un convenio entre Adena -ahora WWF-, con la inestimable mediación de su vicepresidente por entonces, Félix Rodríguez de la Fuente, y el Ayuntamiento de Montejo de la Vega. En la década de los cincuenta y sesenta, cientos de especies de mamíferos y aves tenían entonces los suficientes individuos como para mantener un equilibrio de vida y muerte que se sostenía de manera natural. Ya entonces, el impacto de la presencia del hombre era intenso, con una deforestación lenta pero inexorable que sustituía árboles por cereales y regadíos, aprovechando el caudal del río Riaza. Ahora las zonas arboladas están cada vez más dispersas, el bosque de ribera ha sufrido un enorme retroceso, y los animales salvajes, fuera del refugio, son prácticamente un lujo, aquí y en el resto del país.

Sin embargo, la abundancia, en la zona protegida, de fauna en libertad como corzos, jabalíes, conejos, buitres leonados y algunos otros mamíferos y rapaces son una bendición para el visitante y una promesa de que la vida puede regenerarse, si le das la oportunidad. Pero no es fácil; el furtivismo, los venenos que algunos ganaderos usan para acabar con zorros y pequeños depredadores, las torres eléctricas y, ahora, el cambio climático, son amenazas tan importantes que uno se pregunta si diez mil corzos, mil buitres leonados (en la imagen), unos dieciséis alimoches, unas pocas nutrias y otros queridos compañeros de viaje y de hogar planetario podrán sobrevivir, incluso con la ayuda de gente trabajadora, sabia y constante como Susi, el guarda forestal del parque, y de los incansables amigos de WWF.

Crónica e imagen de Agustí Cruz del Campo de voluntarios de verano de WWF.