No es ningún fotomontaje, ni una postal de una isla paradisiaca en las antípodas. Hasta mediados del siglo XX el Llobregat, incluso a su paso por el Baix Llobregat, era un lugar donde la gente iba a bañarse, a pescar, a descansar bajo la sombra de frondosos álamos… Pero el desarrollismo incontrolado de los 60-70 propició una fiebre industrial y urbanística que derivó en una profunda transformación del Delta del Llobregat. Rubricatus, nombre con el bautizaron los romanos a este río, no se salvó de la quema y pasó de ser un ecosistema fluvial a una cloaca a cielo abierto. La mentalidad mercantilista del sistema solventó de un plumazo la inconveniente dinámica natural de un río mediterráneo que se desborda periódicamente por el régimen torrencial de las precipitaciones con la erradicación del bosque de ribera y la canalización de sus márgenes. Los vertidos fabriles y domésticos de gran parte de las poblaciones del Baix Llobregat, L’Hospitalet y Barcelona llegaban al río sin depuración previa alguna, devastando cualquier forma de vida posible. Incluso se ninguneó la esencia de este río encorsetando el tramo de la Vall Baixa entre numerosas infraestructuras viarias (una autopista, una autovía, dos carreteras comarcales, tres líneas de ferrocarriles, el AVE…), todas ellas sobre la cubeta de inundación, lo cual hipoteca la seguridad de estas vías ya que menosprecia los periodos de retorno de las crecidas de este río.

Pero en la década de los 80 la comunidad científica comenzó a alertar de las graves consecuencias que estaba generando el modelo consumista y productivista a escala global. En 1987, desde la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo de Naciones Unidas, se elabora un documento conocido como Informe Brundtland donde se acuña el término “desarrollo sostenible”. La clase política, a pesar de no creerse este concepto, lo incorpora a su discurso para aparentar ante la opinión pública y la sociedad que se interesan por la conservación del medio ambiente y el bienestar social.

Producto de esta falsa preocupación se han ido produciendo innumerables actuaciones por parte de las administraciones que nos venden como ejemplos de la conservación del medio natural. Un caso flagrante lo encontramos en el flamante “Parc Fluvial” que se inauguró en diciembre de 2008 en el Llobregat a su paso por Sant Boi (en la imagen). Con la excusa de facilitar el acceso a la ribera del río para los viandantes, coartado por otra infraestructura (la carretera comarcal que une la ciudad con Pallejà) el consistorio aprovechó para crear un equipamiento urbano, convirtiendo una ribera fluvial en proceso de regeneración en un jardín.

Antes de esta nada módica actuación, las orillas del río estaban colonizadas por vegetación arbustiva que debía parecerles maleza, algo antiestético o abandonado, así que para comenzar rasuraron este incipiente bosque de raíz (ver imagen). El camino rural de tierra que discurría paralelo al lecho fluvial lo han sepultado bajo el cemento para evitar que los ciudadanos se manchen de barro y polvo. Para contribuir a la recuperación de la vegetación autóctona han plantado unas hileras perfectamente alineadas de sauces llorones (árboles asiáticos comunes en jardinería). El puente, que debería ser funcional y discreto para integrarse en el paisaje, se ha convertido en el protagonista del parque con sus dimensiones desproporcionadas, su estética urbanita de cemento y topos folclóricos (en la imagen).

Este desaguisado se enmarca en un proyecto de las administraciones locales y autonómicas para la recuperación medioambiental del río Llobregat. ¿Recuperación… o ajardinamiento? Se invierten recursos en actuaciones de este tipo mientras otras más urgentes como la calidad biológica de sus aguas se siguen aplazando. Según Narcís Prat, catedrático de Ecología de la Universidad de Barcelona: “La calidad del agua del bajo Llobregat ha mejorado los últimos años gracias a un aumento del número de plantas depuradoras. Sin embargo, tal constatación no ha estado acompañada de una verdadera recuperación biológica del río, ni se ha traducido en un salto cualitativo en su estado ecológico ni en el de su ecosistema fluvial”.

Crónica de Raúl Bastida, a raíz de la denuncia de una vecina de Sant Boi.

“Gent del Fang” es como Jaume Codina i Vilà, historiador del Prat de Llobregat, denominaba a los primeros pobladores del Delta.

Fotos del archivo del Archivo Municipal del Prat de Llobregat y del Fotoblog de Ricardo.