La salud no es urgente. Las partículas de ceniza –fruto de los motores de combustión, que nos vemos obligados a meternos entre pecho y espalda los sufridos urbanitas, no serán reguladas de momento.

La UE nos da un buen margen para que los gobiernos se escaqueen de poner medidas: 2015 (justo lo que dura una legislatura).

Y estas restricciones sólo hacen referencia a las partículas PM10 (de menos de 10 micras), que no son las más peligrosas, denuncia Ecologistas en Acción: A pesar de que no son medidas en muchas ciudades, las partículas en suspensión de menos de 2,5 micras (PM2,5) parecen ser un mejor indicador de la contaminación urbana que las que se venían utilizando hasta ahora, las PM10. Esto es debido a que, por un lado, su origen es antropogénico en una alta proporción, puesto que las PM2,5 en buena medida provienen de las emisiones de los vehículos diésel en la ciudad. Por otro lado, los efectos que tienen sobre nuestra salud son muy graves, por su gran capacidad de penetración en las vías respiratorias (cuanto más pequeñas son, más profundamente penetran en nuestros pulmones, ver diagrama).

En esto coinciden especialistas como Jordi Sunyer del CREAL. Si las partículas PM10 pueden causar enfermedades respiratorias, las PM2,5 pueden tener efectos sobre el sistema cardiovascular. Menos se habla aún de los efectos neurotóxicos, ya que estas partículas pequeñas son portadoras de metales pesados y se ha visto que incluso pueden pasar al cerebro directamente a través del nervio olfatorio (ver este estudio reciente del CREAL).

Es decir, que a las miles de muertes y enfermos crónicos de las vías respiratorias y circulatorias hay que añadir los defectos en el desarrollo del cerebro de los niños (ver estudio del CREAL). Bueno, hasta cierto punto tiene una lógica perversamente favorable a los reguladores: esta contaminación hace que seamos más tontos y no nos hagamos preguntas incómodas. Por ejemplo, ¿por qué no interesa tomarse en serio las recomendaciones de los profesionales de la salud? Pues muy sencillo, por el miedo a la poderosa industria del motor. Las medidas requeridas impondrían unos filtros muy selectivos a los tubos de escape, lo que no están dispuestos a asumir. Así de claro. También impondría restricciones en la velocidad y el tráfico que limitarían intolerablemente nuestra “libertad de conducir”. Y para terminar nos preguntamos, demagógicamente, claro ¿cuántas muertes hacen falta para que la salud entre en la agenda política?