10 de juliol de 2012

Per Agustí Cruz.

Panorámica del complejo Eurovegas desde la autovia de Castelldefels (foto original de Las Vegas, Agustí Cruz)

Érase una vez un país de alegres políticos que eran hijos, en su mayoría, de familias acomodadas dedicadas al comercio, a la industria, a la banca, y a otros negocios tan respetables como lucrativos.

Gracias a su sonrisa, su dinamismo y, por qué no decirlo, sus reiteradas apariciones en televisión, estos hombres de fluida oratoria eran admirados por muchos de sus súbditos votantes, que pensaban cuánta suerte habían tenido al elegir a unos representantes tan responsables, pragmáticos, cultos, guapos y bien hablados, de inglés fluido y título universitario, alguno expedido incluso por alguna universidad extranjera, y cuya tarjeta de presentación era la del “seny”, la del amor a la patria y a la senyera, la del trabajo constante y esforzado a imagen del pequeño tendero de barrio, pero también a imagen del alto directivo, ya fuera presidente de Banca Catalana o algún grande de la música palaciega de mano rápida y cruz agradecida.

Dichos representantes políticos, cuando eran niños, habían gozado mayoritariamente del ejemplo de sacrificio cotidiano de sus padres, que luchaban por mantener los negocios y el nombre de la familia en lo más alto del panorama empresarial y social de la época. En efecto, sus progenitores, como algunos de sus abuelos, habían tenido que lidiar con los incrementos de los costes de producción, la reducción de los márgenes de beneficios, la competencia de otras empresas del sector y, para colmo de males, con las primeras e insidiosas leyes ambientales y de protección de los trabajadores, que no dejaban de poner trabas a la natural expansión ilimitada que todo hombre de bien precisa experimentar para sentir que su vida ha valido la pena y que su pene sigue en forma, siempre en nombre de su familia y del país, claro está.

Esos hombres, que levantaron el país, que literalmente lo alzaron a unos cuantos metros por encima del suelo a base de paredes, chimeneas y polígonos industriales, nunca cejaron en el empeño de proporcionarles a sus hijos una educación de calidad, por supuesto en escuelas privadas e incluso en el extranjero si se podía.

Y así, mientras los ríos catalanes comenzaban a bajar cada vez más llenos de colorido y más vacíos de pescado, el aire de Catalunya se llenaba de olores extraños, penetrantes e incluso exóticos, y en las costas florecían innumerables jardines de ladrillo, los hijos de aquellos hombres crecían con la certeza de que ellos, como sus padres, representaban los ideales de todo un país. Y, con esta convicción, aprendían aquellas herramientas que les convertirían en los capitanes de la futura nave “Catalonia”: economía moderna, gestión de empresas, banca, ingeniería industrial y financiera, liderazgo, carisma, arribismo, nepotismo, sonrisismo hipocrésico y el sublime arte político de hacer favores a cambio de favores, eso sí, con el dinero de todos, por tratarse de asuntos del más alto interés público.

Con el tiempo, aquellos hijos e hijas de Catalunya subieron muy alto, hicieron dinero, propiedades y buenos e importantes amigos y un día, por fin, fueron llamados a gobernar el país que amaban y se dieron cuenta que los que estaban antes, hijos también pero más de familias trabajadoras, se habían fundido la pasta en subsecretarías, coches oficiales, viajes oficiales, informes oficiales y entrecots extraoficiales al punto. Por tanto, los recién llegados se vieron obligados a recortar gastos, empezando por lo más caro: educación y sanidad, ya que sabían, por experiencia propia, que las escuelas privadas son mejores y que cualquiera se puede pagar una mutua (e incluso se puede poseer una, como les sucedía a algunos de sus amigos).

Pero, ay, muchos desagradecidos se quejaban, se manifestaban y además empezaban a cambiar de canal de televisión o, directamente, de canal de comunicación, hartos de ver siempre a los mismos políticos, economistas y tertulianos reiterar aquel mensaje de austeridad del que, dicho sea de paso, eran dignos ejemplos de tanto como pensaban en recortarse a sí mismos sus sueldos, dietas y prebendas.

Fue entonces, cuando el paro amenazaba con detener casi por completo el país (a excepción de los diarios deportivos) que apareció en el cielo de El Prat, como el entrañable “avi” de la conocida habanera, el abuelo Sheldon: un orgulloso, campechano y orondo magnate a imagen de alguno de nuestros tatarabuelos indianos que emigraron pobres y se hicieron ricos en América (aunque nadie quiere saber exactamente cómo). Y el abuelo Sheldon se ofreció a salvar el país con una mega-inyección de cash “a la catalana”, que es algo así como decir: “tú, que eres más pobre, reservas la mejor mesa del mejor restaurante, pones la limusina hasta allí, me cambias la decoración y la carta para que esté a mi gusto, y pagas solamente el vermut -eso sí, a base de marisco-; a cambio, yo te invito a comer”.

Y, como aún había algo de dinero público gracias a tanta austeridad, y también se podían pedir más créditos, ya que algunos de los amigos de nuestros prohombres no sólo tenían mutuas y empresas constructoras, sino también cargos en ciertos bancos recientemente rescatados, los representantes del pueblo catalán pusieron manos a la obra. Rápidamente, limaron regulaciones e informes ambientales y hormigonaron la otrora fértil huerta del Baix Llobregat desde las calles de Cornellà hasta el mismísimo aeropuerto donde aterrizarían los cinco millones ¿o eran cuatrocientos millones? de turistas. En efecto, todo se pudo poner en marcha in the wink of an eye, ya que “quién paga, manda”, y así fue como el abuelo Sheldon y sus nietos políticos salvaron a Catalunya.

La salvaron del aburrimiento, gracias a los casinos y a las chicas de moral distraída que alegraban las calles. La salvaron también de la depresión, gracias a las pastillitas, capsulitas y rayitas que alegraban la perspectiva vital de los ciudadanos. Y la salvaron, además, de la recesión, ya que muchos familiares, amigos y conocidos de los protagonistas de nuestra historia se hicieron ricos en muy poquitos años gracias al dinero público, a la especulación y a los créditos, y dieron trabajo (bueno, algo precario y mal pagado, aunque acorde a la situación y a la nueva legislación laboral), a miles de trabajadores, no recuerdo si fueron 15.000 ó 250.000.

Y para los catalanes de la calle que buscaban trabajo, que cobraban sueldos de pena en caso de tenerlo, o que dependían de los comedores sociales, era un orgullo ver aquellos rascacielos suntuosos y aquellos desfiles de turistas ricos o acomodados de otros países que invadían el Baix Llobregat e iluminaban la triste realidad cotidiana. Y no les importaba haber dejado de comer aquellos tomates o aquellos pimientos tan sabrosos, traídos de tan cerca, ni que hubieran dejado de venir aquellas aves tan bellas del delta (que, hay que reconocerlo, nunca habían llenado la cuenta corriente de nadie), ni que todos aquellos créditos que se habían pedido por tanta obra y tanto pajarraco de corbata ahora los tuvieran que pagar sus hijos (en el caso de que no pudieran emigrar a Alemania o a China, claro).

En català al bloc Aturem Eurovegas: De com l’avi Sheldon i els seus néts polítics van salvar Catalunya tot canviant la fruita per fruitetes lluminoses